17 de mayo de 2016

Salot Yaty, el tercer personaje de la novela.




En esta nueva entrega os presento al tercer personaje de la trama, Salot Yatay. Desgarrador, desgarrado, atormentado, fiel, impasible y tierno, curioso y solitario. Es un personaje que huye, que busca la paz y encuentra violencia. Sin personas como él no existirían ni las novelas ni las películas.



CAPÍTULO IV
Angkor Wat. Camboya. Vientres agradecidos

«Ni uno solo de los principios morales
que custodian el corazón de los hombres
me era accesible.»
El extranjero, ALBERT CAMUS

«Hoy ha muerto mamá, o quizá fue ayer. No lo sé.»
El extranjero, ALBERT CAMUS

«Algunos individuos actúan dentro del sistema,
de sus reglas, sin reflexionar sobre sus actos.
No se preocupan por sus consecuencias,
sino por el cumplimiento de las órdenes.»
Eichmann en Jerusalén, HANNAH ARENDT


Saloth Yatay, sentado en el extremo del largo y ancho puente que llega hasta la entrada principal de Angkor Wat, observaba el relieve de las cúpulas del templo sobre el cielo gris de aquella mañana. Durante años había deseado conocer esta magnífica ciudad de piedra construida por sus antepasados en pleno apogeo de un imperio que admiraba, como casi todos los camboyanos y por fin, ahora, la tenía delante.
Él, que siempre había vivido en una aldea rodeada por la selva donde el campo de visión era limitado, asistía atónito al impresionante espectáculo que suponía asomarse al enorme claro que se abría en la llanura arbolada, presentando ante sus ojos, como en una pantalla, la inabarcable visión de la que en su día fue capital camboyana, el enorme foso que protegía la antigua ciudad de piedra y la selva que lo envolvía todo.
Había decidido conocer la cuna de su civilización antes de abandonar el pequeño núcleo comunista de Kang Nang donde vivía. De eso hacía meses, muchos, y ahora que se hallaba ante aquel majestuoso escenario, su orgullo de camboyano le recordó que sólo estaba allí de paso, que tenía una misión que cumplir, un trabajo que hacer y que no podía arriesgarse a que le descubrieran, aunque la orden que había recibido y prometido cumplir probablemente careciera ya de sentido.
«Al menos mi deseo de conocer Angkor Wat se está realizando», pensó y comenzó a caminar por el puente de acceso al templo.
Había decidido detenerse allí un par de días, después, cuando hubiera terminado el encargo de su superior, volvería; deseaba conocer bien la ciudad de sus antepasados, pasar más tiempo recorriéndola, pero sobre todo quería estar allí solo, de noche, sin aglomeraciones, cuando pudiera admirarla con tranquilidad y entonces ya no le importaría que le descubrieran.
Aquella mañana se notaba incómodo. A pesar de ser temprano, cientos de personas deambulaban de aquí para allá, y él, que no estaba acostumbrado a las multitudes, al verse rodeado por tanta gente, se sintió un poco aturdido por aquella masa sin orden que abarrotaba las cercanías del templo. Le pareció encontrarse ante un desconcertante enjambre de atolondrados zánganos que confluyera, caóticamente, hacia las ruinas.
Sólo recordaba un ajetreo parecido cuando huyó de su pueblo ante el imparable avance de los blindados del ejército de Camboya, que arrasaban la selva trazando senderos en los campos minados para despejar el camino de las tropas. Aquel día había visto como centenares de soldados caminaban tras los tanques en fila, de forma más o menos ordenada dentro del caos que supuso el asalto para conquistar su objetivo: un campamento de los Jemeres Rojos defendido por los pocos guerrilleros que aún no habían muerto o desertado. La mañana de la invasión él no llegó a participar en el combate; le habían ordenado huir para cumplir su misión, así que ni vio, ni se enteró de lo ocurrido durante la batalla, pero sabía a ciencia cierta, y ya desde hacía tiempo, que aquella batalla y la guerra estaban perdidas de antemano.
Tras la huida de Kang Nang, Saloth Yatay se mantuvo oculto en las regiones selváticas de Sangkha y Anlong Veng, en el norte fronterizo entre Tailandia y Camboya, hasta sentirse seguro. Después, de forma casi mecánica, como si algo en su interior le empujara hacia su destino, se había dirigido hacia el oeste viajando siempre cerca de la frontera con Tailandia, sin alejarse de la selva si podía y evitando entrar en pueblos grandes. En todo este tiempo sólo había visto asiáticos: unos camboyanos, otros de origen chino o tailandés, pero nunca blancos y él, que por primera vez se encontraba con turistas, sintió cierto desprecio, casi odio ante aquella aglomeración irreverente.

Saloth caminó hacia el templo sin destacar demasiado entre los visitantes. Cubría su cabeza con un sombrero camboyano de paja bajo el que asomaba su pelo negro y liso. Sus ojos oscuros y pequeños tenían una mirada muy profunda y penetrante cuando se fijaba en algo, pero no proporcionaban viveza a un rostro en el que las primeras arrugas indicaban que estaba cerca de la cuarentena. Era bajo y muy delgado, por el hambre, pero también por el trabajo duro y por la genética asiática. Sin embargo, a pesar de su delgadez, no era un hombre endeble. Al contrario, su aspecto era menudo pero fibroso, y si hubiera que asociarle un color a su carácter, no había duda: su color era el gris, como sus ropas, como la piedra granítica de los templos camboyanos.
El paseo por Angkor Wat le hizo pensar en el imperio que había sido su país. El Imperio jemer. Si la revolución hubiera triunfado, ahora serían un país poderoso y los bajorrelieves representando Apsarás1 cinceladas en la roca no le recordarían el esplendor pasado. Las imágenes de bailarinas con caras dulces, frentes despejadas y pechos jóvenes, redondeados, turgentes que destacaban en sus torsos desnudos solo le recordarían a Winka, su antigua amante. No se lamentaba por haber sido derrotado; hablaba consigo mismo con cierta arrogancia pero sin emoción, mientras contemplaba los bajorrelieves que mostraban numerosas escenas de guerra, con soldados camboyanos fuertes y poderosos. Columnas de combatientes armados con lanzas marchaban hacia la batalla con sonrisas casi sádicas. Arqueros subidos en elefantes enjaezados para la lucha. Carros tirados por caballos. Ejércitos triunfantes, murales de guerra que le hablaban del poder de un imperio. Hombres peleando, atacando con sus lanzas, blandiendo sus cuchillos, defendiéndose con sus escudos, con las piernas muy abiertas, estables, anclados a la piedra de la que formaban parte. Guerreros luchando cuerpo a cuerpo, agarrándose, gritando. Matando. Muriendo. Venciendo.
La piedra tallada escenificaba el poder de la etnia jemer, su etnia, que aplastaba literalmente a sus enemigos muertos. Muertos que tupían en ocasiones el suelo sobre el que marchaban las tropas escoltando al emperador. Enemigos masacrados, utilizados como alfombra.
Continuó paseando, recorriendo el templo despacio. Se sentía satisfecho de ser un descendiente de aquel pueblo. Los jemeres eran así, se dijo, también sus maestros lo pensaban a pesar de que en la educación maoísta cualquier imperio era asociado a la explotación y por lo tanto despreciable. Incluso para ellos, los guerreros del antiguo imperio eran un ejemplo a seguir y los consejeros de la revolución, el Angkar, les habían enseñado que era necesario luchar, matar, dominar primero para ser un pueblo libre y poder transformar Camboya después.
Volvió a sentir el orgullo de pertenecer a una raza de conquistadores, de soldados. Un orgullo que no tardó en verse vencido de nuevo por el escepticismo y la apatía. Suspiró; tanta lucha no había servido de nada. Habían perdido la guerra, una guerra que duró veinticinco años, y Camboya era otra vez un país lleno de pobres, subdesarrollado, oprimido por el imperialismo occidental y sin esperanza. Se preguntó si la causa de la guerra y de la derrota de los Jemeres Rojos no habría sido la propia doctrina de dominación violenta del país que Pol Pot1 llevó a cabo durante años. Quizá, se contestó, indolente.
Se dio cuenta de que nunca le había importado todo aquello: ni que le pusieran de nombre Saloth en honor de Pol Pot, ni la revolución, ni el temido Angkar, ni los muertos ni muchas otras cosas, aunque tampoco le había incomodado.

Cuando llegó la hora de cerrar el templo a los visitantes, Saloth Yatay ya había salido. Se adentró en la espesura de las selvas que circundaban el yacimiento arqueológico y no tardó en encontrar su pequeño campamento, lejos de las miradas de curiosos y autoridades. Encendió una pequeña hoguera y se preparó su cuenco de arroz.
Los ruidos de la selva, el grillar de las cigarras y el rumor del viento entre los árboles tan habituales para él le daban una impresión de seguridad que agradecía. La civilización, las ciudades, los pueblos con sus ruidos y las multitudes no eran de su agrado. Habría preferido internarse en la selva y perderse para siempre, pero por alguna razón de forma instintiva, casi maquinal, continuaba viajando hacia Véal Renh, en Sihanoukville, para cumplir lo prometido. No tenía otra cosa que hacer. No tenía prisa por llegar. Trabajaría de vez en cuando en los arrozales o en lo que fuera para poder subsistir hasta llegar a su destino.
No había nada que le impidiera abandonar su promesa. La verdad era que no sabía por qué seguía adelante y, ahora que la guerra había terminado, podría desaparecer, perderse...
«Qué más me da», pensó. Detuvo su mente. Un torbellino parecía querer engullir su lógica; no le gustó y decidió cortar por lo sano.
Levantó la cabeza y apartó la vista de las llamas de la hoguera. La selva, su selva, le rodeaba y se sentía protegido por ella. Estaba solo, como siempre. La calma volvió de nuevo a su mente, la oscuridad y la vegetación le hacían sentirse mejor y pensó que quizás el tumulto, el gentío de las ruinas de Angkor Wat le habían alterado. Después una idea se abrió paso con claridad, como al amparo de la seguridad que le ofrecía de nuevo la lentitud de su apatía.
«Era un campesino y un militar. Los campesinos no pensaban: cuando llovía, sembraban y cuando hacía sol, recogían sus cultivos. Y como militar, uno no reflexionaba, se limitaba a cumplir órdenes. Aquélla había sido su vida desde que tenía recuerdos. Así que… Sí, cumpliría las órdenes que le habían dado.»